Intervención del Lic. César Pérez
Escritor, periodista y académico cubano.
 

 

Es una experiencia extraña estar aquí, junto al Nuncio, para hablar de algo sobre lo que él, evidentemente, sabe mucho más que yo. No puedo por supuesto agregar nada a su interpretación teológica o filosófica del libro que nos reúne aquí esta noche, pero sí puedo, y creo que con esa intención me invitaron, dar testimonio. El poeta cubano Eliseo Diego, que fue sin saberlo uno de mis maestros de religión, decía que no es por azar que nacemos en un sitio y no en otro, sino para dar testimonio. Y yo quiero agregar hoy que quizás no sea por azar, que ojalá no sea por azar, que el destino lo arrastra a uno de un sitio a otro, buscando, como decía José Martí, espacio y albedrío.

Decía que creo que se me invitó para dar testimonio, y para tener además una voz ajena a la Iglesia o la religión organizada en esta mesa. Un amigo que vio el cartel de anuncio me preguntó que si yo venía aquí en calidad de abogado del diablo. No soy católico practicante, aunque mis simpatías van hacia la Iglesia romana en muchos sentidos; pero un profundo desacuerdo con algunos puntos de la doctrina política de la Iglesia me ha mantenido en esa ambigua y casi insostenible posición de simpatizante. Y digo casi insostenible porque el hecho en el cual se funda la Iglesia es de tal naturaleza que prácticamente exige a cada persona consciente una toma de posición clara. Este es uno de los argumentos que brillantemente desarrolla Giussani en el libro que estamos presentando hoy. Por desgracia, yo no he podido llegar al punto de convencimiento necesario para dar el paso en una dirección o en otra. Y estoy por el momento y desde hace años en ese limbo, la situación de aquel amigo de Chesterton que le decía que lo único que le faltaba para ser un cristiano era la fe, pero que salvo ese pequeño y decisivo detalle, la filosofía, la teología y la ética cristianas le parecían tan evidentemente superiores a las de cualquier otro sistema que no veía como un hombre sensato podía dudarlo ni un segundo.

Yo, como pueden ver, soy cubano y tengo 28 años. Eso significa que fui educado en un sistema totalmente laico, donde el ateismo marxista leninista se ha convertido, si se permite la expresión, en religión de Estado. Y recordemos que para Lenin la religión era el opio de los pueblos.

Al parecer los pueblos son incorregiblemente adictos a ese opio, pues cuando no lo tienen lo sustituyen por la televisión, la música pop, el fútbol, la tecnología o la ideología, que en Cuba o la antigua URSS han significado algo así como la deificación del Líder y el sistema de gobierno.
Eso quiere decir que nací y me eduqué sin Dios. Uno de mis profesores de Filosofía nos repetía que la mejor definición que Jesús da de sí mismo es cuando se llama Hijo del Hombre. “Claro que es hijo del hombre, decía, en el sentido de que es una creación del hombre, una fantasía defensiva.” La posición oficial sobre el asunto, que se enseñaba en las escuelas y en los periódicos, se desprendía de los discursos de los dirigentes políticos y los niños aceptábamos como buena, está muy bien sintetizada en este poema de Nicolás Guillén, que había sido declarado oficialmente Poeta Nacional. Es un poema gracioso, irónico, lleno de efectos musicales y rítmicos, como es común en Guillén.

El cosmonauta
El cosmonauta, sin saberlo,
Arruina el negocio del mito
De Dios sentado atento y fijo
En un butacón inmenso.
¿Qué se han hecho los Tronos y Potencias?
¿Dónde están los Castigos y Obediencias?
¿Y San Crescencio y San Bitongo?
¿Y San Cirilo Sangandongo?
¿Y el fumazo del incienso?
¿Y la fulígine de la mirra?
¿Y las procesiones en sus escuadrones,
y los serafines y los querubies
y todos los demás animales afines?
El cosmonauta sube sube sube sube
Sube sube sube sube
Sube sube
Sube
Deja atrás la última nube
Rompe el último velo
El cielo
¿El cielo?
Frío,
El vasto cielo frío
Hay en efecto un butacón,
Pero está vacío.

Algo así nos enseñaron. La ciencia moderna no sólo había “dominado” a la naturaleza; también a la sobrenaturaleza. Ellos dominarían esto y aquello y lo de más allá, el dominio lo era todo. Y por supuesto el butacón, esa especie de trono situado en el centro de la creación, debía ser ocupado por el Hombre, pero no cualquier hombre, sino el cosmonauta, el héroe científico, socialista, el revolucionario, que destruye los mitos y supersticiones en que han vivido los hombres con un solo acto afirmativo: el cosmonauta sube sube sube sube, deja atrás la última nube y rompe el último velo, por primera vez el hombre se ve de frente a la verdad desnuda, y paradójicamente para conseguirlo debe abandonar la tierra y llegar al cosmos sólo para poder dar testimonio de su soledad en el Cosmos. Era lo que el Che Guevara llamó el Hombre Nuevo. Lo malo es que si esa maravillosa criatura apareciera en algún lugar, sería nuevo sólo por un tiempo, y después dejaría de serlo. Por otro lado, en el poema aparece la curiosa idea de que el avance de la ciencia, representado por el cosmonauta, inevitablemente destruye los fundamentos de la religión. Es como si el hecho de que podamos saber cómo están hechas, como funcionan las cosas, fuera la demostración concluyente de que no fueron hechas por nadie.

Esa es la extraña contradicción materialista; afirman que sólo existe lo que podemos ver y tocar, y coinciden con el más idealista de los idealistas, el obispo Berkeley, que decía que existir es ser percibido.

Pero yo no dudo que el cosmonauta arruine el mito de Dios sentado en un butacón. De hecho, si tal mito existió alguna vez, fue en la mente de los materialistas, que critican a Dios según la idea que ellos son capaces de hacerse de él, como explica Giussani con mucho acierto al principio del libro. Si en algo están de acuerdo cristianos y ateos es en que Dios no está sentado allá arriba en un butacón, esperando para darle la bienvenida al cosmonauta, como si fuera el emperador Ming recibiendo a Flash Gordon.

De hecho, tan importante como preguntarnos si creemos en Dios, es preguntarnos en qué Dios creemos. La experiencia religiosa es a un tiempo la más universal y personal de todas. También, para la mayoría de las personas, la más inverificable. Andan y han andado por el mundo millones de creyentes que nunca asistieron a un milagro, que nunca fueron sanados ni tuvieron experiencias místicas, revelaciones, visiones. Sin embargo, creen. Es una tremenda alternativa: por un lado, sentimos que de la respuesta que demos a esa gran pregunta depende, literalmente, todo, y por otro, nada en la realidad que conocemos nos regala claramente la respuesta. Para decirlo más corto y claro: es un voto de confianza en el que nos va la vida.

No se puede responder a esa pregunta superficialmente. Tampoco se puede convertir la respuesta en un gesto maquinal, en una costumbre más o una convención social. Porque no nos sirve que otros lo hayan pensado por nosotros, porque la originalidad del cristianismo consiste en que la pregunta no es teórica: lo que se nos pregunta es si creemos que dios se hizo hombre, como el personaje de Los hermanos Karamazov que cita Giussani. Se trata de una experiencia que debe ser pensada y repensada por cada persona como si fuera la primera vez. O vivida y revivida. Y muchas veces los que se llaman cristianos piensan que la cosa está en ir a la Iglesia, portarse decentemente, ir viviendo. Por eso Kierkegaard se preguntaba angustiado por qué hay tantos creyentes que no creen. Sin embargo, no es tan difícil como parece creer en lo invisible. Nos es mucho más fácil creer en la existencia de los átomos, que nunca hemos visto, de los electrones, que están dentro de los átomos, y hasta creemos sin dudar en la existencia del neutrino, o creo que se llamaba así. En la escuela me enseñaron que era una partícula que no tiene masa, tampoco carga, pero cuya existencia deducen los físicos de ciertos comportamientos de la materia que sin el neutrino serían inexplicables…Y eso sin contar que nos movemos arrastrados por fuerzas invisibles, como la maravillosa gravitación universal, que parece una metáfora del amor universal, y que nadie ha visto, creo yo, la rabia, el deseo ni el miedo, en los que creemos tranquilamente. Es como si negáramos la existencia de la luz ultravioleta porque nuestros ojos no están hechos para verla. O como dice el poeta e.e. cummings, nadie sabe donde crece la verdad, por qué vuelan los pájaros o qué es la luna.
Claro, cada persona llega a la pregunta por distinta vía, según sus luces y temperamento. Algunos responden con su vida y sus sentimientos a la pregunta, aunque llegados al caso quizás no sabrían ni siquiera formularla. Son estos santos naturales que todos conocemos, personas sencillas que viven una vida de sacrificio y entrega sin plantearse siquiera las espinosas cuestiones de las que estamos hablando. Para otras personas, los que antiguamente llamábamos contemplativos, “la filosofía de las cosas llega primero que las cosas mismas” (Chesterton). Yo en cambio tuve mi primer contacto con la religión ya adolescente, y de una manera oblicua, a través de la experiencia literaria. Comencé a leer autores que me cautivaron por su calidad y profundidad, y resulta que todos aquellos escritores brillantes eran tan irracionales, tan supersticiosos, tan reaccionarios que todavía profesaban aquella vieja mentira, la religión católica, doctrina llena de errores evidentes que habían sido superados ya por la ciencia y la filosofía modernas. Era una verdadera lástima que el poeta más grande de la lengua española, san Juan de la Cruz, no hubiera dedicado su maravilloso Cántico Espiritual a celebrar, por ejemplo, las virtudes de la agricultura, como había hecho Virgilio, el más grande de los poetas latinos. Y ese pobre San Agustín, dedicando páginas y páginas de las Confesiones a explicar con una elocuencia incomparable las etapas de su caída en ese abismo de errores que lo llevó a ser Obispo de Hipona. Y por no hablar de santo Tomás, capaz de llenar una biblioteca entera de razones extraordinariamente sutiles y silogismos perfectos . Para ser una causa perdida, había hallado unos abogados celestiales. Esto, dicho aquí, parece una tontería, pero en el ambiente en que crecí fue descubrir el Mediterráneo. Era increíble que una colección de disparates como me habían dicho que era la religión hubiera seducido durante tantos siglos a los personajes más interesantes e inteligentes. Sin contar a los mártires, capaces de llevar su locura hasta extremos sublimes, como aquel Obispo escocés de apellido Farrar, que desde la pira en que María la Sangrienta lo hizo quemar les gritó a sus fieles: “Si ven que me doblego ante el dolor del fuego, desconfíen de todo lo que les he predicado”. Y horror de horrores, hasta los mismos genios de la ciencia seguían a ese dios invisible y absurdo, esa fantasía defensiva…

Claro, otros la han vivido y viven de un modo irracional y compulsivo, sin recordar que la cristiandad siempre confió en la razón, que teología significa etimológicamente razón divina, que Cristo fue además un Maestro porque no negaba la razón, sino la abría a cosas que son más grandes que ella. Giussani explica cómo la enseñanza del Redentor a los apóstoles se fue dando a pasos lentos, en escala humana, convenciéndolos en la convivencia diaria más que con la pirotecnia de los milagros. Creo que fue Jean Giradoux quien dijo que el milagro se produce cuando Dios rompe su propio record, para recordarnos que toda la realidad es un solo milagro cotidiano, y que multiplicar los panes y los peces no es nada, al lado de lo raro y casi increíble que resulta la existencia de panes y peces. Ahora con frecuencia me tropiezo en la calle con un Dios insoportable, insufrible, amenazante, que me llama desde bocinas y emisoras con una voz exenta de toda dulzura. Un dios que se me parece más a Baal o a Dagón que a Jesús. Un dios que se predica por la amenaza más que por el convencimiento, y que hace vivir un éxtasis perpetuo a sus predicadores. Es una especie de orgasmo espiritual incesante, de charlatanería divina. Parece que dios puede ser una receta new wave, una terapia para levantar el ego, un sustituto del éxito y de los otros males contemporáneos. Parece que está dispuesto a curarnos, a salvarnos, parece que seremos los únicos elegidos, a condición de que sigamos a ese profeta que nos tira de la manga. Creo que los que predican ese Dios olvidan que Él mismo, al que nada lo detiene y que podría hacerlo todo, evitar los males, terminar las guerras, salvar a todos los niños que padecen, se ha detenido y nos ha dejado hacer sólo para respetar el abismo de nuestra libertad. De lo que sí podemos estar seguros todos, ateos o creyentes o fanáticos, es que si Él existe ha querido que seamos libres y luego todo lo demás. Y si tiene que salvarnos a expensas de nuestra libertad, que me perdone si es un disparate, pero creo que no lo haría. O al menos todos los hechos así lo indican. Nada le impide convertirme en este mismo momento, hacer que terminen mis dudas y si es necesario hacerme levitar a dos metros del suelo. Pero al parecer no quiere, quiere que yo encuentre el destino que merezco por mí mismo. Yo también creo, como tan bien lo explicó María Zambrano, que la comprensión de la libertad es el rasgo más original, la novedad radical que trajo el Cristianismo en comparación con las religiones paganas. Y esa es la respuesta para todos los que retan a los creyentes a que su Dios, si es todopoderoso, lo resuelva todo y cree el paraíso en la tierra.

De estas cosas y otras igual de importantes trata el libro de Giussani, que es uno de los intentos más claros y útiles que conozco de responder una de las preguntas clave que le plantean a todo cristiano los creyentes de otras religiones, los ateos y su propia conciencia. En efecto, ¿por qué el cristianismo insistió desde el principio en ser la única religión verdadera, contra la práctica común de los romanos de permitir a cada pueblo que practicara sus propios ritos? ¿Es o no aceptable? Se ha acusado a los cristianos durante siglos de ser los causantes de su propia persecución, por su intolerancia con las demás religiones que, como explica Giussani al principio del libro, son en esencia verdaderas y respetables, por cuanto encarnan un deseo humano perfectamente justo. Lo mejor del libro es que no enfrenta esa difícil cuestión desde la historia o la sociología, sino desde la experiencia del creyente, desde la alternativa personal, o existencial si lo prefieren así. ¿Y se puede creer todavía, 2000 años después y sin que se haya registrado una nueva aparición, de que Jesús fue en realidad Dios encarnado, y no una metáfora o un enviado o representante divino como tantos profetas?

En Cuba la gente dice que uno se acuerda de Santa Bárbara cuando truena. Ahora en mi país mucha gente, si se permite la expresión, se han acogido a sagrado y han vuelto a la iglesia en busca del amparo que no encuentran fuera. Acogerse a sagrado se decía antiguamente cuando los perseguidos llegaban huyendo hasta el templo y se refugiaban allí, donde los representantes del poder temporal no podían entrar. A veces, ya pasado el peligro, se daba el caso de que el fugitivo escapaba llevándose de paso todo lo que pudieran cargar. Yo espero, aunque no soy católico como dije al principio, que esta fe arraigue verdaderamente entre mi pueblo, y si no la fe al menos la filosofía, la ética y la moral cristianas. Y sé que estoy diciendo algo casi absurdo al dividir lo indivisible, pero recuerden que yo soy como aquel amigo de Chesterton, y creo que si la fe es un regalo, la esperanza y la caridad están más al alcance de todos los hombres de buena voluntad. Y esperanza también puede ser esperanza de fe, y si no hay Dios debería haberlo. Porque hambre hay, y como dijo Fina García Marruz, la gran poetisa cubana, el hambre certifica la realidad del alimento.