Trabajo
Más de lo que creemos

“A mí me llaman El negrito del Batey, porque el trabajo para mí es un enemigo, el trabajar yo se lo dejo todo al buey, porque el trabajo lo hizo Dios como un castigo”. No obstante esta queja expresada en la tradicional canción caribeña, las personas en edad laboral ocupamos la tercera parte del tiempo de nuestra vida trabajando.

Tenemos muchos motivos valiosos por los cuales trabajar: para ganar el sustento diario, para contribuir al progreso de nuestra familia, para desarrollar nuestras capacidades, etc. Sin embargo parece que estas razones no son suficientes para evitar considerar que el trabajo “es un enemigo”. Basta mirar cómo anhelamos los fines de semana y los días feriados, es decir que buscamos la primera oportunidad para no trabajar o para hacerlo con el mínimo esfuerzo. En el extremo opuesto, se encuentran los adictos al trabajo, aquellos para los que no hay otra cosa más que trabajar, han renunciado a sus familias, amigos y quién sabe a qué cosas más por su obsesión.

Pero para vivir el trabajo verdaderamente, sin eliminar nada y sin renegar de nada, es preciso reconocer en lo cotidiano el significado profundo de nuestra acción. Dicho de otra manera, es preciso tener las razones que nos hacen descubrir el gusto por lo que hacemos.

La persona trabaja porque es un ser incompleto e inacabado, que no se basta a sí mismo; la persona vive dentro del mundo tratando de ensimismarse (abismarse, hacerse uno con) con la realidad de modo que pueda satisfacer las necesidades inmediatas y también las profundas. Pero el gran reto se da al tratar de comprender cómo esas necesidades y deseos quedan satisfechos. Para ello es necesario hacer una elección, usar la libertad. Encontrar el significado del trabajo (y de todas las demás cosas que hacemos) implica preferir aquello que la realidad me presenta (preferir: tenerle más afecto) en vez de las ideas que

Que debamos madurar, completarnos significa que hay aspectos que nos sobrepasan, que no dominamos. Si todo ocurre tal y como lo hemos pensado… ¿en qué debemos madurar, qué hay que completar en nosotros? Por ello, todo lo que nos ocurre (lo que nos sale bien y lo que no, lo que responde a nuestras ideas previas y lo que no), es un instrumento pedagógico para caminar a nuestro cumplimiento, una oportunidad, una gracia.

Para vivir el trabajo así es necesario contar con personas que nos recuerden estas razones y nos acompañen en el camino de la vida. Solos normalmente nos equivocamos y fácilmente nos invade el desánimo, y entonces hacemos igual que todos, nos convence la idea de éxito que nos ha vendido la cultura moderna y que le ha puesto precio a todo.

Este camino que busca el significado de la realidad no evita la lucha y la fatiga, pero ofrece una alegría que no la quita nadie: la seguridad de no saberse solo y la paz de reconocer que el valor de la propia vida no depende de la cantidad de bienes poseídos, de negocios realizados o del escalón que ocupamos en nuestro ámbito laboral. El Valor de la vida está ahí, esperando ser reconocido.


Pablo García Arévalo
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