Trabajo
El trabajo: una actividad que dignifica al hombre

El trabajo es una de las realidades que llama al hombre a plantearse la interrogante sobre el sentido de la vida, al mismo tiempo es una de las fuentes de mayor realización o frustración. En la ejecución del trabajo, la persona se cuestiona el sentido que este esfuerzo tiene para ella, para su familia, para el cumplimiento de sus deseos de felicidad y la manera en que el trabajo contribuye de hecho a alcanzarla.

En un primer momento el trabajo exige el ejercicio de la inteligencia para conocer lo que ha de hacerse, los medios que han de utilizarse y la finalidad de esta acción, y el ejercicio de la voluntad para obrar de acuerdo con los dictámenes de la razón.

En un segundo momento la inteligencia y la voluntad entran en juego en cuanto ambas se actualizan en forma libre, entendiendo la libertad no sólo como la capacidad de elegir de entre dos bienes el mejor, sino en un sentido más pleno en cuanto capacidad de adhesión a la realidad en la totalidad de sus factores.

Con su inteligencia el hombre es capaz de conocer la verdad de las cosas, la verdad de la realidad, el verdadero sentido de su vida. Y puede, como acto de su razón, negar este sentido o afirmarlo. Puede negar o afirmar el valor del trabajo y su sentido. Esto provoca que el hombre “ponga en juego su libertad” no sólo para utilizar sus facultades sino para poner en juego la totalidad de la persona, su destino.

El trabajo tiene como finalidad la conservación de la vida y la realización de la persona. Esta doble finalidad es intrínseca al trabajo pues sin ella dicha actividad deja de ser tal. En efecto, trabajar tan sólo por el interés de mantener la vida en su aspecto meramente natural es una disminución en la conciencia del trabajo y, también, en la conciencia de mi humanidad. Porque la persona busca en su vida el significado de su existencia, su realización. Y esta búsqueda la hace en toda su vida, es por ello que esta exigencia de significado total de la vida no está ausente en el trabajo. Más aun, el trabajo la agudiza, pues nos pone de frente con la vida y nuestra forma de enfrentarla, así como nos une con otras personas en cuya relación la vida cobra significado, porque el trabajo es “la expresión de la relación de la persona con las cosas y con la realidad”.

No se puede pues, dividir las necesidades de la persona o pensar que su exigencia de significado deja de un lado sus necesidades corporales y naturales. El trabajo, en la concepción de la que hablamos, tiene presente a la totalidad de la persona, en su unidad indivisible de ser.


El sentido del trabajo viene dado por la conciencia que la persona tiene de su fin último trascendente, es decir, del sentido total de su propia existencia. Decimos fin último en cuanto realiza en sí mismo toda la perfección de la persona en la totalidad de sus factores. Podemos decir, sin temor, que este fin se expresa en el deseo de verdad, bien y belleza que existe en el hombre. Este bien, sin embargo, no se identifica con los bienes particulares ni equivale a la suma de todos ellos. Es un bien que el hombre desea y que sólo alcanza en la “posesión” del Máximo Bien que es Dios. Esto, que se define fácilmente, se corrobora con la experiencia común de que las cosas no nos sacian y siempre existe en el hombre el ansia de algo más, de algo mejor.

José Antonio García Arévalo
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